7 jul. 2011

Conocerás al hombre de tus sueños




Una película de Woody Allen siempre es un acontecimiento. La paradoja de su cine es que siempre es sobre lo mismo (las relaciones afectivas, principalmente), pero también siempre tiene la capacidad y lucidez para decir algo diferente, como en efecto ocurre en esta cinta.

No obstante, hay que aceptar que durante el último decenio la eficacia de su filmografía ha sido más bien irregular, pues se le vieron dudosos títulos como El ciego (2002) o Scoop (2006), pero también sólidas piezas como Match point (2005) o Vicky Cristina Barcelona (2008). Podría decirse que esta nueva película está en un punto intermedio, porque si bien la idea general que propone resulta, finalmente, reveladora en su patética visión de las relaciones conyugales, también es cierto que su desarrollo se antoja poco atractivo y rutinario dentro de su estilo.

Se trata de una película que no habla del amor, sino de las relaciones de pareja, algo que suele confundirse, porque muchas veces son lo mismo pero no siempre coinciden. Y esta historia, específicamente, habla de las relaciones insatisfechas. Entonces, más que de lo sublime del sentimiento, la historia se ocupa de las cuestiones prácticas: dinero, compañía, admiración, realización profesional, edad, etc.

Para dar cuenta de esto Allen construye una trama que ya es recurrente en sus relatos, esto es, presentar dos parejas de las que, a su vez, se desprenden otras cuatro por efecto de infidelidades y rupturas. Es decir, cada uno de ellos, en este caso, se va por su cuenta a buscar “al hombre —o mujer— de sus sueños”.

Pero tal cosa no existe, la vida nos tira a la cara al menos una prueba cada día y, para ajustar, Woody Allen hace toda una película para demostrarnos, en cuadriplicado, que la “pareja de los sueños” es una falacia de algunos meses o años. En cada personaje, cada episodio conyugal y cada historia marital, esta cinta pregona y recalca que el amor se desgasta y se avería. Y más aún, las piezas para su reparación casi nunca están en la relación (y lo que es peor, ni fuera de ella).

Es por eso que este autor se muestra implacable con sus personajes. Parece no perdonarles su renuncia, esa traición a la relación que tenían, aunque ésta ya no tuviera futuro. De manera que al hombre mayor lo muestra como un patético viejo que quiere recuperar su juventud, a su esposa como una pobre mujer que se consuela con embaucadoras adivinaciones, a su hija como una amargada y a su esposo como un hombrecito pusilánime.

Inevitablemente, la solución parece peor que el problema, porque las nuevas relaciones están fundadas en mentiras. Y en esto la película es pesimista con las segundas oportunidades, para lo que propone finales abiertos y penosos. Nada alentador para la vida, pero sí muy acertado como cine… aunque lo uno suela ser sinónimo de lo otro.

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