17 abr. 2011

J. M. Coetzee - Mecanismos internos


Crítica (extraída de acá)

Uno siente que coexisten en escritores como J. M. Coetzee, dos amantes distintos de la lengua, que ejercen su pasión desde dos lejanos puntos de vista: el de la ficción y el del ensayo. Si la ficción de Coetzee se emparenta con la literatura de ideas, tal como lo han sido las tardías novelas de Gustave Flaubert, casi todas las de Dostoievski, La Recherche de Marcel Proust, Thomas Mann, Hermann Hesse, James Joyce o, más recientemente, las del japonés Haruki Murakami o las más piezas recientes del inglés Ian McEwan, el ensayista que vive en Coetzee, que publica sus textos en prestigiosas revistas como New York Review of Books, se me parece a un cirujano que en una mesa de disección literaria atacara las obras de famosos escritores europeos con un afilado bisturí y sin anestesia. No es que su trabajo de disección crítica nos haga perder nuestra admiración hacia escritores como Walter Benjamin, Robert Musil, Robert Walser, Italo Svevo, Joseph Roth, Sandor Marai, Bruno Schulz, entre otros. Sino que inevitablemente despoja a los autores y sus obras de la ilusión (al menos de una parte importante de su ilusión y nos revela la carne cruda y el hueso de estas obras). Aún si es capaz de señalar dónde reside la verdadera grandeza de las obras y autores revisados. En suma, es la de Coetzee una crítica de flesh and bones, que parece querer probar /y a la vez fortalecer) nuestro amor por los grandes autores. Como si al escribir cada ensayo nos estuviera diciendo: Si los amas después de verlos así de desnudos, si luego de quitarles los brocados y oropeles aún te seducen ellos y sus obras, nada ni nadie te hará dejarlos de admirar y de leer por el resto de tu vida.

Algunos párrafos


“En un relato de Nadine Gordimer que data de la década de 1980, una pareja británica de clase trabajadora le alquila una habitación a un joven tranquilo y estudioso de Oriente Próximo. Él mantiene relaciones íntimas con la hija de la pareja, la embaraza y le propone matrimonio. Los padres dan su consentimiento, con reservas. Sin embargo, el inquilino les anuncia que, antes de poder casarse con la muchacha, ella debe viajar sola al país de él para conocer a su familia. Cuando se despide de ella en el aeropuerto, le mete explosivos en la maleta. El avión estalla: mueren todos los pasajeros, incluyendo a su engañada novia y al hijo que lleva en el vientre.”

“Hay, sin duda, momentos en los que don Quijote pareciera sostener que dedicarnos a una vida de servicio puede convertirnos en mejores personas, más allá de que ese servicio sea una ilusión. “De mí sé decir que después que soy caballero andante -afirma-, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente y sufridor de trabajos.” Si bien se puede dudar de que fuera tan valiente, comedido, etcétera, como sostiene, no se puede ignorar la observación, totalmente sofisticada, que hace sobre el poder que puede tener un sueño para anclar nuestra vida moral, ni negar que desde el día en que Alonso Quijano asumió su identidad caballeresca el mundo ha sido un lugar mejor o, si no mejor, al menos más interesante, más animado.”

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